La Olma de
mi pueblo se está muriendo.
Me
dice mi madre por teléfono que no la pueden curar, que se ha secado. El pueblo
anda conmocionado, todos opinan y tienen soluciones, pero ella se muere. Llegan
biólogos, ingenieros, fotógrafos y periodistas. Inyecciones, vitaminas, agua,
antibióticos… Yo recorro 2.000 kilómetros para verla una vez más, para
fotografiar sus últimos días. Me resisto ante la posibilidad de llegar a la
plaza y que ella no esté allí esperándome majestuosa, con los brazos abiertos,
agitando sus manos en señal de saludo, sonriente, como una abuela grande,
regordeta y mullida…
No
me cobijará más bajo su sombra, no podré refugiarme del calor del verano, no
veré sentados bajo sus alas protectoras a lugareños y foráneos. Es el lugar de
mis juegos infantiles, de mis bailes de verbena, de las horas de la siesta y el
frescor de las noches de verano. En mis recuerdos, siempre bajo su sombra, las
golosinas del tío Pedrillo con su
cesto de mimbre y sus zaras rojas y negras… los chavales pisoteando las orugas
que caían de sus ramas, ignorantes, ingenuos…
Veo
sus raíces desparramándose hacia la calle Mayor, antes de que el cemento
abrasador la ahogase y enterrase y condenase a la falta de oxígeno por los años
de los años. Desde el “poyo de la fruta”
la veo zarandearse con las primeras tormentas del final del verano, caer sus
hojas agujereadas por el granizo. Al salir de los callejones que
invariablemente desembocan en La Plaza, ella estaba ahí, exuberante en
primavera, desnuda en invierno, pero viva, al fin y al cabo…
La Olma centenaria de mi pueblo es un
símbolo, una seña de identidad, una superviviente, una luchadora, una
triunfadora. Superó enfermedades, modas, remodelaciones, alegrías y tristezas,
encuentros y despedidas. Esquivó dictaduras, guerras, posguerras, hambre, frío,
desprecio, ignorancia y prepotencia. Izquierdas, derechas, políticos,
responsables, irresponsables, gente buena, gente menos buena… gentes que viven,
gentes que mueren, que se aman, que se odian, gentes de paso que la miran y la
admiran… Ella, en su privilegiado lugar, omnipresente, impertérrita, mirando la
vida que se va, que se consume, que se agota…
Ella,
la protectora, la guardiana de nuestros secretos, se está muriendo. “Sólo queda
esperar” dicen. Esperar, supongo, a que decida vivir o morir. Porque quizás es
que está cansada y ya no quiere seguir. Quizás se aburrió de nosotros y quiere
marcharse. Puede que no le gusten estos tiempos modernos y prefiera
desaparecer. Incluso puede que lleve tiempo sintiendo soledad y tristeza y no
nos hayamos enterado. Quién sabe, quién escuchó, quién acercó su oído para
entender lo que decía? Susurraba? Gritaba? Pedía espacio, necesitaba más
oxígeno? Necesita cariño, atenciones, mimos? Caricias, abrazos, risas de niño jugando
al corro de la patata a su alrededor, la casa en el escondite, el refugio en la
lluvia, la sombra de agosto, las tertulias de los abuelos, los encuentros yendo
a comprar, el techo de los vendedores ambulantes, las estrellas de antaño, el
banco de los enamorados, la casa de los pajarillos, la lágrima en la noche, el
fresco para los perros, el punto de mira, la referencia, la sabiduría, la
herencia, la abuela que ya no tengo, la seguridad… una parte de mí, de mi
pasado, de mi historia, desaparecerá con ella. Y mi tristeza infinita quedará…
Aurora Alcón (Septiembre-2012)
Página web: www.fotografiadores.es






Nos ha encantado el relato sobre la Olma de Pareja. Es un fiel reflejo de su paso por la historia y del triste final que está teniendo. Aunque todos deseamos que viva y siga luchando!!
ResponderEliminarBesos!!
Aurora, Mariano e Israel.